Tras el rastro de “Tenga para que se entretenga”, de José Emilio Pacheco


“… Tenga para que se entretenga, tenga para que se la prenda”

Hace unas semanas fuimos a la calle de Donceles, en el Centro Histórico, en busca de la casa en la que tuvieron lugar los acontecimientos narrados en la novela Aura de Carlos Fuentes. De esa pequeña aventura (que pueden leer dando clic aquí), nos surgió la inquietud de hacer lo mismo con otras obras de la literatura mexicana.

Mientras buscaba entre mis libros alguno que pudiera servir para tal propósito me topé con un viejo ejemplar de El principio del placer, de José Emilio Pacheco. A pesar de que sus hojas se han tornado un poco amarillentas, no pude evitar hojearlo y detenerme en algunos de mis pasajes favoritos de esta obra compuesta por una novela corta y varios relatos pequeños.

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No obstante su sencillez podría decir que éste es uno de mis libros favoritos, sobre todo un texto que lleva por título Tenga para que se entretenga y cuyo nudo argumental tiene lugar en el Bosque de Chapultepec.

Un pequeño cuento sobre un gran mito

¿De qué trata Tenga para que se entretenga? Este relato gira entorno a la extraña desaparición de Rafael, un niño de 6 años que en agosto de 1943 fue al Bosque de Chapultepec acompañado de su mamá, Olga Martínez.

En lo que llegaba la hora de ir con su abuela que los había invitado a almorzar, Rafael se entretuvo un tiempo en unos columpios y después se recostó con su mamá en un árbol. En eso el menor comenzó a entretenerse deteniendo el paso de un caracol con una ramita. En eso, de la tierra se abrió un rectángulo de madera del que salió un misterioso hombre.

Aquí un fragmento del cuento que narra el encuentro entre Rafaelito con ese personaje salido de la nada:

– Déjalo. No lo molestes. Los caracoles no hacen daño y conocen el reino de los muertos.

Salió del subterráneo, fue hacia Olga, le tendió un periódico doblado y una rosa con un alfiler:

– Tenga para que se entretenga. Tenga para que se la prenda.

Olga dio las gracias, extrañada por la aparición del hombre y la amabilidad de sus palabras. Lo creyó un vigilante, un guardián del Castillo, y de momento no reparó en su vocabulario ni en el olor a humedad que se desprendía de su cuerpo y su ropa.

Mientras tanto Rafael se había acercado al desconocido y le preguntaba:

– ¿Ahí vives?
– No: mas abajo, más adentro.
– ¿Y no tienes frío?
– La tierra en su interior está caliente.
– Llévame a conocer tu casa. Mamá ¿me das permiso?
– Niño, no molestes. Dale las gracias al señor y vámonos ya: tu abuelita nos está esperando.
– Señora, permítale asomarse. No lo deje con la curiosidad,
– Pero, Rafaelito, ese túnel debe estar muy oscuro. ¿No te da miedo?
– No, mamá.

Olga asintió con gesto resignado. El hombre tomó de la mano a Rafael y dijo al empezar el descenso:

– Volveremos. Usted no se preocupe. Sólo voy a enseñarle la boca de la cueva.
– Cuídelo mucho, por favor. Se lo encargo.

Un cuarto de hora después Olga comenzó a preocuparse al ver que su hijo no aparecía. Fue hasta la boca de la cueva en la que su hijo había entrado y lo llamó sin éxito. Entonces decidió buscar ayuda y se topó con dos aprendices de torero con quienes volvió al sitio donde había desaparecido Rafael. Por más que buscaron no encontraron indicios de algún pasadizo o de la cueva a la que Olga se refería.

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Si bien este cuento hace referencia a un hecho sobrenatural, tiene una segunda lectura que resulta muy interesante sobre los excesos a los que pueden llegar las esferas cercanas al poder, sobre todo porque se encuentra envuelto en la narrativa sencilla pero altamente efectiva que caracteriza a la obra de José Emilio Pacheco.

Sin embargo, lo que más llamó mi atención la primera vez que leí esta narración fue el preguntarme dónde se encuentra ubicada la zona del Bosque de Chapultepec donde tiene lugar esta desaparición. Y fue esa obsesión disfrazada de curiosidad la que me hizo ir en su búsqueda.

Las claves en el cuento

Dar con el lugar en donde ocurren los hechos de Tenga para que se entretenga no es tan difícil. Unicamente se debe poner atención a varias claves que el autor va dejando implícitas a lo largo del relato. Párrafos antes de la aparición del hombre que se llevó a Rafael, el narrador menciona:

“Rafael se divirtió en los columpios y resbaladillas del Rancho de la Hormiga, atrás de la residencia presidencial (Los Pinos). Más tarde fueron por las calzadas hacia el lago y descansaron en la falda del cerro.”

El narrador (personificado en un detective privado que estudia el caso de la desaparición de Rafael) también hace mención de que en alguna parte del trayecto hacia la falda del cerro se topó con varios aprendices de Torero que practicaban en el área donde se dice estaba el baño de Moctezuma.

Si hacemos una ruta que toque todos estos puntos, desde el Rancho de la Hormiga hasta la dirección donde supuestamente vive la abuela de Rafael (Calle Gobernador Gregorio Villa Gelati, 36 bis) podemos darnos una idea sobre el punto donde el pequeño y su madre fueron separados y que se encuentra cerca del área donde actualmente se encuentra el Museo del Caracol (sí, del caracol) y el tronco del árbol conocido como El Sargento, un ahuehuete que llegó a medir más de 40 metros, que se secó en 1969 y que se dice fue plantado por Nezahualcóyotl.

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Con estas claves hice el recorrido un soleado martes alrededor de las 2 de la tarde. Quería replicar en la medida de lo posible el camino que siguieron Olga y su hijo, incluso traté de emular la hora en la que ocurrió la desaparición. Con cierto nervio comprobé que aún hoy, a más de 70 años de distancia el bosque se vacía a esa hora. Hay algunos visitantes perdidos por ahí, alumnos con su uniforme de escuela que probablemente se fueron de pinta y alguno que otro corredor, pero ante la inmensidad y el silencio del bosque la presencia humana se disuelve y nos da la sensación de estar solos.

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La entrada al inframundo

De entre las muchas lecturas que permite Tenga para que se entretenga, una de las más interesantes es la de materializar varios relatos y leyendas urbanas de la capital en un sólido cuento de terror. En este caso, Pacheco hace alusión al robo de niños, las apariciones fantasmales o el Cinalco (Casa de mazorcas en náhuatl), considerada la entrada al inframundo para los mexicas.

Si nos enfocamos en este último punto, resulta curioso que este acceso al mundo de los muertos haya sido ubicado en las faldas del cerro del Castillo de Chapultepec. Cuentan las leyendas que fue en esa cueva donde el gobernante tolteca Huémac se quitó la vida debido a la sequía que azotaba a su pueblo.

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Actualmente esa misma cueva se encuentra en el audiorama, un espacio del bosque dedicado exclusivamente para que sus visitantes escuchen música al aire libre. Fue construido en 1972.

Audiorama

Después de ver por unos segundos el impresionante grosor del sargento mi mirada se detuvo en la entrada al audiorama, que se ubica detrás del Monumento a los Héroes del Escuadrón 201. Con pena reconozco que, a pesar de visitar con cierta frecuencia el Bosque de Chapultepec, nunca había visitado este pequeño pero reconfortante lugar donde gracias a la música y a la sombra de los árboles se respira una profunda paz.

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Me extrañó que a diferencia del resto del bosque en el audiorama hubiera una refrescante sombra cuando fuera de él los rayos del sol caían sin dar tregua. Entonces miré los árboles tan tupidos y achaparrados y recordé un pasaje de Tenga para que se entretenga:

“Llamó la atención de Olga un detalle que hoy mismo, tantos años después, pasa inadvertido a los transeúntes: los árboles de ese lugar tienen formas extrañas, se hallan como aplastados por un peso invisible. Esto no puede atribuirse al terreno caprichoso ni a la antigüedad. El administrador del bosque informó que no son árboles vetustos como los ahuehuetes prehispánicos de las cercanías: Datan del siglo XIX. Cuando actuaba como emperador de México, el archiduque Maximiliano ordenó sembrarlos en vista de que la zona quedó muy dañada en 1847, a consecuencia de los combates en Chapultepec y el asalto del Castillo por las tropas norteamericanas.”

Y en efecto, sin ser un experto en botánica aquellos árboles lucen aplastados y distintos a los del resto del bosque. Este último hallazgo fue el que me hizo sentir como si hubiera llegado a mi objetivo. Entre las bancas donde algunos turistas y uno que otro joven leía o disfrutaba de la música de Yanni que expulsaban las bocinas, justo al fondo, se encontraba la famosa cueva de Cinalco.

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Aunque por seguridad tiene clausurado el acceso eso no me impidió contemplarla por un largo rato. Maravillado no sólo porque estaba en un lugar considerado como sagrado por los mexicas, sino también por imaginar que ahí adentró aún podría estar el pequeño Rafael y ese hombre de apariencia antigua que una tarde de agosto le entregó una rosa y un periódico a Olga.

Salí de esa extraña fascinación cuando un señor se me acercó y me preguntó la hora.

– 01:55, respondí.

Entonces, sin que le preguntara nada más, me explicó que esa cueva era la entrada al mundo de los muertos y me pidió que me fijara bien en el contorno de las rocas.

– Ya viste, ahí está, es El Vigilante, fíjate bien, su cara es enorme.

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Al principio no vi nada y lo confieso, le di el avión. Unos segundos después el hombre se marchó. Antes de hacer lo propio eché un último vistazo al interior de la cueva y ahora si lo vi, ante mí estaba el contorno de una cara enorme, como dormida en el tiempo, cuidando la entrada a un mundo al que no pertenecemos.

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La otra versión

Supongo que no descubrí ningún hilo negro. Es más, es altamente probable que, esta experiencia que para mi fue tan enriquecedora para alguien más resulte obvia y hasta tonta. O quizá esa cueva del Audiorama no tiene nada que ver con el relato de José Emilio Pacheco. De cualquier forma esta pequeña búsqueda valió la pena pues por unas horas me hizo sentirme el detective que funge como narrador en Tenga para que se entretenga, y eso, vivir otras vidas y ver los lugares desde otra perspectiva y con ojos distintos, es el objetivo primordial de la literatura.

Hay quienes dicen que este cuento, más que narrar un hecho fantasmagórico plantea una crítica a la clase política de México y al influyentismo, donde la rosa con el alfiler y el periódico simbolizan el pan y circo que se le da al pueblo, una distracción orquestada con ayuda de los medios de comunicación. En tanto, el hombre que se roba a Rafael es ni más ni menos que Maximiliano de Habsburgo, quien encarna al poder político y su capacidad de robarnos lo que más queremos y apreciamos en nuestras narices.

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¿Una leyenda urbana? ¿El relato de un caso fantástico que aún hoy no tiene explicación? ¿Una denuncia contra el poder? O quizá este cuento es un reflejo de todo eso y mucho, pero mucho más.

* * * * *

El Bosque de Chapultepec es uno de esos sitios que jamás terminaremos de explorar. Podemos pasar por ahí decenas de veces y aún ignorar casi toda la historia que celosamente guarda. En cierta forma los libros también son así, y están ahí para ser desmenuzados, vividos, reinterpretados y explorados.

No puedo esperar a embarcarme en otra aventura similar…

Por @gabrielrevelo

*** Imagenes: Dibujo de Deviantart de Necronocimon, Mapa de la Sedema, Cueva de Don Bernardo (Dibujo de Huémac)



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