Psicología del piscolabis: por qué las bolsas de patatas hacen ruido y siempre están medio vacías


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Si alguna vez has sufrido al comprobar que tu bolsa de patatas está en realidad llena de aire, o si alguna vez has intentado, sin éxito alguno, abrirla sin hacer ruido, debes saber que, en realidad, hay un porqué para ambas cosas. En contra de todo pronóstico, estas situaciones no son fruto de una mente perversa y retorcida, sino que tienen una explicación bastante clara que quizá haga de nuestro sufrimiento algo un poco más llevadero la próxima vez.

Tanto si eres de los que prefiere una bolsa de algún ‘snack’ con un sabor indescriptible, como si te decantas por algo más de la tierra con una patatas sabor jamón, lo cierto es que hay algo en todos estos piscolabis que se mantiene perenne: sus bolsas. De hecho, a pesar de colores y tipografías distintas, existen dos cualidades en ellas que se niegan a variar a lo largo del tiempo: el ruido que hacen al abrirse, y la enorme proporción de aire que nos aguarda en su interior.

No es casualidad que en los cines se hayan impuesto las palomitas sobre las patatas. La explicación seguramente resida en que es completamente imposible abrir una bolsa de estas últimas sin molestar, ya no solo a quien tengamos al lado, sino al que se siente tres o cuatro filas por delante de nosotros. Son extremadamente ruidosas y nada discretas, pero lejos de ser una cuestión del azar o mero capricho, los decibelios de más tienen su explicación gracias a investigaciones cuyos resultados son bien conocidos por las compañías.

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Diversos estudios han demostrado que el sonido producido por la bolsa aumenta la experiencia sensorial del usuario, propiciando que este crea que las patatas que se dispone a degustar serán más frescas y crujientes. Una buena estrategia para fidelizar a la clientela, que gracias a la estimulación sonora contará con una opinión positiva sobre el piscolabis incluso antes de haberlo probado.

Sin embargo, como cabía esperar, no vale todo en el mundo del marketing. Y si no, que se lo digan a la compañía estadounidense Frito-Lay. Corría el año 2010 cuando la empresa subsidiaria de Pepsi decidió sacar al mercado una bolsa 100% biodegradable para sus patatas Sun Chips que tan solo tardaba tres meses en descomponerse. La novedad no tardaría mucho en despertar la atención de los consumidores, eso sí, no por la conciencia ecológica de la marca, sino porque esta bolsa era bastante más ruidosa de lo habitual.

La anécdota dio lugar a comentarios, bromas y quejas de todo tipo por parte de los consumidores. Uno de ellos, J. Scott Heathman, incluso compartió un vídeo titulado “Tecnología para patatas fritas que destruye tus oídos”.

Heathman era piloto de Air Force, y aseguraba que el ruido emitido por las bolsas era más alto que el que escuchaba en la cabina de mando de su trabajo. Lejos de quedar el asunto en simple palabrería, demostró con medidor en mano que, en efecto, el sonido ascendía a los 95 decibelios, comparable al nivel alcanzado por una motocicleta o un cristal cuando se rompe. Los fabricantes intentaron de todas las maneras posibles hacer de su bolsa un objeto algo más silencioso. Sin éxito alguno, al final tuvieron que resignarse y volver al modelo anterior.

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Otra de las grandes incógnitas que esconden todas y cada una de las bolsas de patatas puestas a la venta en los supermercados de todo el mundo es que estén llenas solo hasta la mitad. Pocas cosas hay en esta vida más decepcionantes que disponerse a abrir una recién comprada y encontrarse con que le faltan la mitad de nuestras patatas. ¿Quién se las ha comido?

Sin embargo, esta manera de envasar tan insensible, lejos de ser una manía o táctica de los fabricantes para hacernos pagar más por menos, también está justificada. Las bolsas se llenan con nitrógeno para crear así un almohadón de aire que proteja a las delicadas patatas que habitan en su interior.

Dejando la bolsa medio vacía, las marcas consiguen evitar que nuestras  preciadas patatas sufran daños durante el largo viaje que realizan desde la fábrica hasta nuestros hogares. Si en lugar de ello, las compañías optaran por amontonarlas en espacios pequeños y sin aire, pocas probabilidades habría de que lo que llegara a nuestras manos no fuera patata reducida a polvo. Al final, resulta que vamos a tener que darles las gracias y todo.

La razón por la cual se opta por nitrógeno en vez de oxígeno también tiene un porqué: el oxígeno podría hacer que las patatas se estropeen, y que la humedad en el ambiente provoque que se queden rancias. Las bolsas llenas de nitrógeno son las encargadas de que nuestro piscolabis se mantenga fresco y listo para comer.

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Cuando las compañías empezaron a hacer uso de estas técnicas para mantener sus alimentos sanos y salvos se aprobaron normativas que obligaban a indicar de manera clara el peso neto de sus productos, para que así los compradores no se sintieran engañados con enormes bolsas que contenían en realidad, muy pocas patatas.

Sin embargo, a pesar de poner a nuestra disposición esta aclaración, lo cierto es que seguimos creyendo infelizmente que lo de dentro solo son patatas, haciendo que nuestra ilusión deje a un lado esa minúscula cifra que aguarda nuestra atención en las etiquetas. Quedan así resueltos dos de los grandes misterios del mundo del piscolabis.

Con información de: Mentalfloss (1, 2), The Wall Street Journal y Gizmodo. Imágenes de Pixabay (1,2,3 y 4).

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http://www.cookingideas.es/bolsa-patatas-20160530.html