Por qué muchas películas consiguen que te enamores del villano


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Igual te has cuestionado alguna vez al salir de la sala de cine por qué en lo más profundo de tu ser hay una voz preguntándose qué sería de Gotham City si el Joker se sale con la suya, o por qué has deseado que Malamadre logre su propósito en Celda 221. Si todavía no has dado con una respuesta que te convenza, la ciencia llega al rescate. Un reciente estudio se ha encargado de analizar este comportamiento para ayudarnos a entender por qué nos sentimos atraídos por los malos de las películas.

Desde su aparición en el siglo XIX de la mano de los hermanos Lumière y George Méliès, el cine se ha constituido como un eje fundamental en torno al cual gira nuestra vida social. Define modas, refleja inquietudes y transmite prácticamente todo lo que se proponga.

Tanto es así que es capaz incluso de fomentar empatía hacia personajes o situaciones que, de manera racional, muchos no aceptarían. Ejemplo de ello lo encontramos en los villanos de películas que son capaces ya no solo de atraer nuestras miradas, sino también de hacer que conectemos con ellos.

Un estudio de la publicación Communication Research Report analiza las razones por las cuales sentimos empatía por personajes muy alejados del  prototipo de ciudadano ideal. Realizado por las universidades de Boston y Colorado, la investigación señala que el motivo parece encontrarse en el proceso de búsqueda de placer a través de los medios de comunicación, donde nuestra moral pasa a ser bastante más flexible de lo normal. Una búsqueda que lejos de limitarse al ámbito del cine también encuentra su expresión en la vida real.

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A pesar de que de un modo racional tenemos claro que antagonistas como mafiosos, prófugos y demás suponen una amenaza para la sociedad, emocionalmente no podemos evitar desear que consigan escapar de la ley y salirse con la suya. Y es que algo tienen los villanos de película que hace que se nos ponga la piel de gallina y nos lata el corazón a mil por hora sin que podamos hacer nada para evitarlo.

La respuesta a la incógnita planteada reside en la manera en que saciamos nuestra sed de entretenimiento. Cuando consumimos cine o ficción televisiva, esperamos obtener un placer a cambio del cual estamos dispuestos a perdonar los comportamientos antisociales de los personajes. Guiados por el hedonismo, nos embarcamos en una relajación de nuestros estándares morales que hace que experimentemos una perversa simpatía hacia los personajes malvados.

El estudio también demuestra que aquellos espectadores capaces de desprenderse con mayor facilidad de la rigidez moral tienen una mayor probabilidad de disfrutar a niveles más altos del contenido, siendo capaces incluso de encontrar placer en el proceso de ‘desmoralización’ mismo.

Así, desde la psicología se señalan diversas explicaciones que justifiquen este comportamiento irracional. Para abordarlas debe partirse de la premisa de que las facetas presentes en el ser humano son diversas, y si bien algunas de ellas se fomentan desde niños, otras permanecen bajo un constante ejercicio de represión. Ejemplo de ello serían todas las actitudes perversas, egoístas, vengativas y malvadas que no son vistas con buenos ojos por los valores morales de la sociedad en la que nacemos, y que hacemos propias absorbiéndolas desde niños. Es esta censura precisamente la encargada de que cuando nos encontremos ante una situación, ya sea en la vida real o a través de la pantalla que apele a estos sentimientos negativos, haya una parte de nosotros que se sienta atraída por ella.

La atracción por villanos se debe a que identificamos en ellos actitudes y formas de vida que valoramos (aunque lo neguemos). Por ejemplo, su libertad, entendida además como esa a la que nosotros jamás podremos acceder. Quién, sino un villano, tiene la licencia absoluta para hacer el mal. Ni siquiera los protagonistas y héroes de nuestras películas favoritas pueden darse el lujo de ser impulsivos, hacer locuras o actuar en beneficio propio. A diferencia de ellos, los malos llevan hasta los últimos términos hacer lo que sea y como sea para conseguir sus objetivos. No importan consecuencias, represalias, y mucho menos estándares morales.

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La curiosidad que nos despierta lo desconocido y su exploración también se postula como una buena explicación. A través de una experiencia voyeurista, el cine nos permite descubrir, contemplar y disfrutar de lo peor de la raza humana (y de nosotros mismos) sin tener que convertirnos en ello.

Y es que si bien los estándares morales que rigen la sociedad censuran nuestros instintos más primarios, no consiguen ni mucho menos eliminarlos. Nuestro lado oscuro sigue formando parte de nosotros mismos, esperando poder expresarse de alguna manera. Simpatizar con un personaje malvado o velar por los intereses de alguien que ha conseguido escapar de prisión son algunas de ellas.

No es casualidad por tanto, que creadores cinematográficos y muy en especial guionistas hayan tenido en cuenta todas nuestras pasiones ocultas a la hora de ponerse manos a la obra; la empatía por los villanos es una realidad innegable. Conocedores de ello, elaboran psicologías muy desarrolladas.

Si repasamos los malos de ficción por los que más empatía ha llegado a mostrar el público, nos daremos cuenta de que todos ellos mantienen algo en común. El Joker en Batman, Alex De Large en La Naranja Mecánica, los Corleone de El Padrino, Tony en Los Soprano o Francis Underwood en House of Cards. Todos, aunque distintos, son personajes complejos, profundos, polifacéticos, que evolucionan y ofrecen mucha más que un simple rol de malo de la película.

Aunque la afinidad que mostramos por los personajes malvados, tal y como demuestra el estudio, se basa en nuestra propia naturaleza humana, no es menos cierto que es un trabajo a medias con los guionistas, que deciden con cuál de sus personajes quieren que simpaticemos, y los construyen en base a ello.

Una película con un villano bien elaborado nos permitirá transitar durante 100 minutos entre lo racionalmente moral, lo emocionante y lo transgresor y malvado. Aprender un poco más sobre nosotros mismos, y sobre todo, disfrutar con ello.


Con información de Communication Research Reports, MEL y Wired.

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