Este tipo estaba a punto de saltar de un edificio. Llegó un extraño y con 5 palabras cambió su vida

Un tipo estaba pasando por el peor momento de su vida. Todo le estaba saliendo mal. Era como si una nube negra estuviera persiguiéndole. Ante la desesperación no encontró mejor solución que suicidarse saltando desde un edificio. El destino le tenía preparada una jugarreta que quizás nunca esperó pero que cambió su vida para siempre.

Las deudas lo tenían al borde del abismo. El banco ya había embargado su apartamento y su coche. Tampoco podía pagar la manutención de sus hijos, razón por la que su esposa lo demandó. Pasó de estar en la cima al subterráneo. De vivir en una zona lujosa de la ciudad a arrendar una habitación en una pensión. A pesar de que tenía un título universitario -otra de sus deudas-, cualquier opción de trabajo le servía, incluso las que le hubieran parecido pésimas alternativas a los veintitantos cuando era un estudiante.

A los ojos de sus padres era un fracasado. No sólo por no poder realizarse en un trabajo, también por dejar de luchar por su matrimonio. Visitarlos era una tortura: preguntas, comentarios pesados, cada palabra que le decían era una cuchillada en su ego. Por abandonar a sus hijos. Por abandonar su carrera. Por pedirle dinero. Por esto y lo otro.

Sus amigos también le habían dado la espalda… “no eran tan amigos si sólo estaban conmigo cuando mi cuenta bancaria estaba llena”, se decía a si mismo para tranquilizarse esos sábados en que no tenía a quién llamar. Cayó tan bajo y estaba tan solo que su panorama fue colarse a los cines todos los domingos en la noche. Esperaba que saliera un gran público de las funciones y entraba por la puerta de salida. Siempre funcionaba aunque más de una vez los guardias de seguridad lo echaron a patadas del lugar.

“Pareces un adolescente cuarentón” le dijo su mamá el día que lo fue a sacar del calabozo de una comisaría por estar en estado de ebriedad en la vía pública. El alcohol era otro de sus pesares. Un remedio que terminaba costando caro. Si no cayó en otro tipo de drogas era porque no tenía un centavo.

Su hijo mayor ya no contestaba sus llamados. El menor a veces. “Su mamá les envenenó la cabeza”, le decía a sus padres cada vez que le reprochaban el abandono hacia sus nietos.

Parece una tragicomedia, pero ese fatídico año hasta su equipo de fútbol favorito estaba al borde de la quiebra y peleando el descenso. 

Un día no soportó más. Había salido a buscar trabajo en un centro comercial, en restaurantes de comida rápida y en otros lugares que había seleccionado de los avisos de un periódico y no había tenido suerte. Al parecer en todos los lugares buscaban gente más joven. Incluso en un lugar le dijeron que él era un tipo muy caro para la empresa cuando ni siquiera había hablado de pretensiones de sueldo. Cuando volvió a la pensión, ya de noche, se dio cuenta que su ropa y sus cosas estaban afuera de su cuarto dentro de una caja con un mensaje en una hoja de papel que decía “¡O pagas o te vas!”.

Esa fue la última bofetada que aguantó. Entre sus pertenencias había una botella de aguardiente que estaba hasta la mitad. La abrió y bebió un rato en silencio, sentado a un lado de su caja. Lloraba y bebía. Después subió hasta la azotea del edificio de seis pisos donde estaba la pensión con la intensión de acabar con su vida y ese líquido iba a ser su reloj de arena. Había un par de antenas de televisión e internet y se podía ver la ciudad contaminada. “¿Valdrá la pena sufrir tanto?”, se dijo a sí mismo mientras tomaba y contemplaba su última noche.

Se terminó la botella y tambaleaba. Estaba muy mareado pero decidido. Se paró en la corniza del edificio y respiró hondo. Miró hacia abajo y se veía bastante alto. De hecho dudó. Pero se mantuvo ahí. Después cerró los ojos y comenzó a contar hasta 10.

“¡Salta ya de una vez!”, le gritó una voz extraña.

Impactado por tamaña ofensa miró hacia atrás y vio a un tipo con bigote, pelo largo y una gorra de un equipo de beisbol que fumaba un cigarrillo al lado opuesto en la misma azotea. Ese movimiento le hizo perder el equilibrio y fue la causa por la que se cayó hacia el abismo…

Pero no murió. Si se quebró casi todos los huesos que tenía desde el cuello hacia abajo, pero no murió.

Pasó meses en el hospital y tardó un año más en volver a caminar. Dejó el alcohol. Encontró trabajo como cajero en un café. No le pagan muy bien pero está pagando sus deudas y le alcanza para no dormir en la calle y para comer. Nunca más volvió a ver al tipo que le hizo caer desde un sexto piso pero le agradece todos los días haberle hecho estar al borde de la muerte para aprender valorar la vida”.

 

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