El desastroso número musical de los Óscar que puso Hollywood patas arriba


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Si aspiras a organizar la entrega de los Premios Óscar debes tener una cosa clara: no repetir la pifia que cometió Allan Carr en 1989. Si después del evento sabes que Disney no ha presentado ninguna demandada contra la Academia estadounidense por tu culpa y no te consta que un grupo de reputados cineastas se haya puesto en pie de guerra por considerar una “vergüenza” televisiva tu trabajo, entonces habrás logrado el objetivo.

Presentar los Premios Óscar no deber ser nada sencillo. Pocos son los osados que se atreverían a hacerlo e incluso a repetir, como el polifacético actor Chris Rock, que hará de maestro de ceremonias en la próxima edición número 88 de los Óscar después de estar en la de 2005. Pero aún son menos los valientes que tendrían el valor para jugarse el tipo actuando en el número musical. Eso son palabras mayores y ahí el riesgo de meter la pata aumenta sobremanera.

Cuando el director del ‘show’, Allan Carr, le propuso a la joven actriz Eileen Bowman protagonizar el arranque de la velada, esta aceptó sin saber el lío en que se metería. A sus 22 años, no podía ni imaginar que en la edición número 61 de los Óscar aparecería disfrazada de Blancanieves y que, sobre el escenario, tendría que bailar con diez “estrellas de Hollywood” de cartón piedra y cubiertas de mucha purpurina.

Aunque el público encajó bien el primer chiste y en el teatro resonaron las carcajadas, pocos podían creer lo que estaba ocurriendo. Ni siquiera Bowman, que pensaba que la gala sería un perfecto escaparate para relanzar su carrera y que terminó dándose de bruces con la realidad. “Ella tenía en su cara una expresión, si no recuerdo mal, de dolor”, contaba el actor Martin Landau. Si por encontes internet hubiera sido lo que es hoy en día, los chistes habrían inundado Twitter y Facebook. Hasta Landau, años después siguió sacando punta al asunto. “Pobre Blancanieves. No tenía enanos para apoyarla”, decía.

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Pero eso era solo el principio. Aún quedaban muchas sorpresas. El director de la gala, Allan Carr, pensó que sería buena idea trasladar a la dulce y tierna Blancanieves a una réplica del Club Copacabana, para bailar un poco de samba. ¿Por qué no? Después de que los bailarines hicieran alarde de sus habilidades y de algunas presentaciones de viejas glorias de Hollywood, hizo acto de presencia en el escenario Rob Lowe.

La Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas estadounidense creyó oportuno dar una oportunidad del joven actor que, con 24 años, se había visto envuelto en un escándalo a causa de un vídeo de contenido sexual. Y allí estaba Lowe junto a Blancanieves, mientras ella se declaraba fan suya. Para continuar con la desastrosa velada, ambos tomaron sus micrófonos y empezaron a cantar. O, al menos, a intentarlo. Porque la voz del actor no es la más idónea para jugarse el tipo en el espectáculo musical de los Óscar.

Totalmente desafinado, el New York Times no tuvo el más mínimo reparo en cargar contra el actor. “Haría bien a reservar todas sus futuras actividades musicales para la ducha”, comentaron desde el reputado diario en la crónica de la gala.

Eso sí, la pobre actuación de Lowe quedó relegada a un segundo plano cuando las mesas y las sillas comenzaron a bailar. Uno de los peores disfraces que se han visto en la historia de los más prestigiosos premios de la industria cinematrográfica. Lo dicho, si internet hubiera existido entonces seguro que se habría inundado de chistes como los que, en 2015, protagonizaron los desacompasados tiburones que acompañaban a Katy Perry en el descanso de la Super Bowl.

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No obstante, aún quedaba el colofón. Y no hablamos de que Allan Carr decidiera trasladar a la protagonista de la velada a un teatro chino acompañada de Lowe. Por si el número musical hubiera tenido pocos alicientes para pasar a la posteridad como uno de los momentos más desastrosos de los Óscar, lo más peliagudo llegó cuando bajarón el telón.

Tras presenciar aquello, los responsables de Walt Disney Co. no pudieron contener su furia y decidieron presentar una demanda contra la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas de Estados Unidos, por el uso no autorizado de los derechos de autor de Blancanieves. La compañía dijo que el personaje interpretado por Eileen Bowman fue utilizado sin su consentimiento. “Por eso nos quedamos enormemente sorprendidos y consternados cuando vimos la ceremonia de los Óscar de la pasada noche y nuestro personaje de Blancanieves se había utilizado extensamente sin nuestro consentimiento”, comentó Frank Wells, directivo de Disney, después de lo acontecido.

Pero ahí no acabó todo. Un grupo de hasta 17 pesos pesados de la industria de Hollywood, entre los que había nombres de la talla de Paul Newman y Billy Wilder, firmaron una carta abierta arremetiendo contra la gala como una “vergüenza para la Academia”. “No es apropiado ni aceptable que el mejor trabajo en el cine se reconozca de una manera tan degradante”, se podía leer en aquel texto. No es de extrañar, por lo tanto, que después de producir y dirigir aquella terrible gala, Allan Carr no volviera a encontrar trabajo. Pagó muy caro su atrevimiento.

Ahí quedó probado que las reglas de la industria ‘hollywodiense’ distan mucho de lo que ocurre, por ejemplo, en la industria cinematográfica española. En esta orilla del Atlántico, si metes la pata en la gala de los Premios Goya no solamente no quedas desterrado de la industria sino que, además, puedes acabar por convertirte en presidente de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España. Si no, que se lo digan a Antonio Resines y su famoso rap. O, mejor dicho, su intento de rap.

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Con información de The New York Times (y 2), Hollywood Reporter y LATimes.

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