“Adiós a Bob Dylan”, una historia de obsesión, dolor e ideales perdidos


La edad de Omar: obsesión e idealización

Por el iris de Omar Brambila se escurre una densa capa de humo que serpentea y hace sus suertes hasta perderse en su frente. Anclado en su pupila se vislumbra la figura de un Bob Dylan —de perfil— sosteniendo un cigarro. Robert Zimmerman también está ahí cuando se masturba, cuando se enamora, cuando pistea, cuando le pisotean el corazón; sobre Insurgentes, Churubusco, en el Chopo, en la Guerrero; cuando se trata de encontrar en el cochambre de la Ciudad de México o en la frialdad de Nueva York. En cada paso, ahí está Bob. Junto con la obsesión, los ideales a los que no corresponderá y el dolor. El mundo de Omar Brambila es Bob Dylan.

El universo se gira, empalma, moldea, deforma y encaja a su conveniencia dylanesca. Su vida de 19 años busca, a cada momento, paralelos con la vida de Dylan. Su primera novia, que conoce en la Biblioteca Vasconcelos, se llama Sara, como la primera esposa del cantautor estadounidense: una actriz porno amateur —mujer rota que no ve el sol— que deja ver sus carnes y sus jugos a través de su webcam para ganar bitcoins. Sara es una chava medio tronadita, medio fea, ensalzada por la obsesión de Omar por darle sentido a su existencia a través de la idealización de unas cuantas migajas que le da la vida buscando encontrarse entre esos escombros.

“Me quedé así un buen rato, contemplando al nuevo personaje del espejo, pensando que esta versión se parecía más a mí mismo que ninguna otra, y que si Sara también veía a este personaje guapo y misterioso, esta iba a ser una buena historia”, se repite Omar después de coger con su musa venida a menos por primera vez.

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Adiós a Bob Dylan, del escritor Alejandro Carrilloes una historia llena de obsesiones y de idealización. Las circunstancias en la vida de Omar, su protagonista, cobran sentido —o a eso aspira— a través de pasajes vivenciales y composiciones del poeta que escribió The Times They Are a-Changin‘. La obra es cien por ciento autobiográfica, dice Álex, un retrato de lo que solía hacer cuando tenía esa edad: ver en las personas algo que no va acorde con la realidad para sentir que estaba viviendo algo importante.

“Los estúpidos me preguntan cómo me siento, y si mi amor es real y si lograré salir de esto. Fruncen el ceño y me dicen que mejor me vaya, no me quieren cerca. Porque te amo (…) creo en ti como siempre quise creer en alguien. Como todos deberían creer en alguien. Como Bob cree en sí mismo. Creo en ti porque nadie más puede creer en ti. Creo en ti cuando lo mejor sería no creer. Creo en ti como creo en Bob Dylan”, escribe Carrillo en su novela, mientras entrelaza algunos versos de I believe in you con las obsesiones de su protagonista por convertir a Sara en la diosa de su película mental.

Nadie está a la altura de un ideal, es imposible”, dice Carrillo al asegurar que en su relato Omar está tan necesitado de símbolos y  a la caza de ideales que deforma las cosas para que encajen en su historia. En Adiós a Bob Dylan, el compositor de Love minus zero/ No limit se convierte en una idea mítica y perfecta que lo guía. Fuera de encallarse en el dolor salido como moscas de la fruta de una relación de pareja, la novela tiene su origen en la idealización del autor hacia la figura de su papá. Y a través del libro poder resolver su conflicto. “Ya no necesito figura paterna, ya no tengo que buscar en nadie una figura paterna, dejar de estar necesitado de una guía”.

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— ¿Para escribir sobre un fan obsesivo de Bob Dylan es necesario ser un fan obsesivo de Bob Dylan?

— Yo creo que no, porque no soy un fan obsesivo de Bob Dylan. O sea, sí soy muy fan y siempre lo he sido, siempre me ha gustado, pero jamás alcanzo el nivel de Omar. Jamás lo alcanzo ni alcanzaré ni quiero alcanzar. Tengo algo muy raro, como que de repente puedo ser muy obsesivo, muy apasionado con algo, pero también me puedo despegar muy fácil. Puedo meterme con Bob Dylan dos años así a la locura. Y puedo pasar un año sin saber nada de él y no pasa nada. Es algo que Omar no puede.

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Adiós a Bob Dylan, el camino del escritor

  1. Alejandro Carrillo tardó seis años para escribir su primera novela: Adiós a Bob Dylan. Se pegó en las costillas y quizá más adentro para escribir como si peleara consigo mismo (más adelante me hablará sobre su método).
  2. Antes de publicar su primera obra de largo aliento, merecedora al Premio Mauricio Achar 2016, Carrillo escribió cuentos, cómics pornográficos tipo El libro vaquero y fue guionista en dos capítulos de la comedia “María de Todos los Ángeles”.
  3. Alejandro se chutó más de 30 biografías sobre Dylan, además de recetarse todos sus documentales y conciertos para enriquecer la novela. Bajó 32 GB de bootlegs dylanescos, se enlistó en comunidades virtuales de bobcats y se permitió ser un fanático obsesionado como Omar Brambila durante su investigación. Se permitió el nivel de obsesión, porque sabía que en cualquier momento, a diferencia de su personaje principal, podía salirse de ella.
  4. Alejandro Carrillo es un autor chilango. Lo dice él, su marcado acento y sus letras. Tiene una barba como la de Sam Bigotes y la cabeza a rape, que no muestra sino hasta que se pone más cómodo durante la entrevista y se descubre el coco. No trae saco de pana ni un peinado pulcro y emperifollado como escritor de estampita. Se calza y viste, en cambio, con unas botas de punk, una chamarrita verde y unos jeans desgastadones.
  5. Alejandro dice que la escritura de pelea, su método para escribir, tiene símiles con el boxeo, el kickboxing y demás deportes de contacto. Piensa como un golpeador estratégico a la hora de escribir. Como un boxeador que ataca directamente las lesiones de su adversario. Sólo que el adversario es él mismo. Se pega y se pega y se ataca en sus propias lesiones. Y el dolor se vuelve combustible para sus historias (despuecito volverá a hablar sobre su taller/gimnasio de literatura).
  6. Los ídolos del Alejandro Carrillo de 19 años, la edad de Omar, eran Jack Kerouac y Gary Snyder, dos prolíficos escritores y encarnaciones de la literatura beat. Buscaba emular sus pasos, sus locuras, el budismo y todo. Su primera novela es testimonio de su obsesión de cuando era más joven.
  7. Alejandro asegura que, ahora, su libro de cabecera, su biblia, es El guardián entre el centeno, de J.D. Salinger, libro que califica como la cosa más grande jamás escrita. “Toca tan profundo que a alguien sensible lo conecta con sus propios demonios de una manera muy cabrona”.
  8. Alejandro regresa a hablar sobre la finalidad de su taller: Pelea y escribe. En un lapso de dos años se busca que los peleadores/escritores salgan con una novela publicada y accedan al grado de cinta negra en kickboxing. Las sesiones de tres horas (una para entrenar los músculos físicos y dos horas para trabajar los músculos literarios) son sabatinas. “Porque escribir y boxear son igual de salvajes, cuando se hacen bien, cuando se toman en serio, con el corazón”, se lee en el home del sitio.
  9. Alejandro dice que su próxima novela, cuyo personaje principal es una chavita sanjudera que escucha reguetón (“una expresión sin filtros que no tiene que ser políticamente correcta”), lo acercó con el repudiado género musical gestado en el Caribe. Es el único ritmo que dice las cosas sin censura y sin temor al qué dirán, asegura quien fuera un aficionado al ska durante su juventud.
  10. Alejandro Carrillo me cuenta el camino de un escritor en diez pasos.

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De escritores: beatniks, onderos y esnobs

Por prejuicios estúpidos (“ese wey era puro desmadre, puro rock, que la chingada”), dice Álex, no había leído al escritor jalisciense José Agustín hasta hace un par de meses, cuando decidió leer a los jurados que lo habían premiado con el Mauricio Achar 2016. Andrés Ramírez, hijo del autor de La Onda y director literario de la editorial Penguin Random House, fungió como juez a lado de escritores como Julián Herbert, Emiliano Monge y Cristina Rivera Garza. Como una cosa que lleva irremediablemente a otra, el galardón lo llevó leer a La Tumba, la primera novela de José Agustín.

Alejandro cuenta sus primeras impresiones con el relato del joven Gabriel Guía, protagonista de la obra clave de José Agustín; un joven tan perdido como su Omar Brambila: “Dije: ‘no mames, esto está muy cabrón’. No tiene nada de ligero ni de superficial. Me encantó. Me removió. Me sentí superidentificado con el libro”. Aunque nunca había leído al escrito jalisciense, sino hasta hace un par de meses, le parece muy chido que salga su nombre en la conversación.

Le digo que en el universo de Omar podrían haber existido Gabriel y Epicuro, personaje principal de Pasto Verde, del rabioso ondero Parménides García Saldaña. Después de La Tumba, se sintió hermanado con José Agustín a nivel literario y asegura tener la visión que él tiene de la literatura. “Me perdí a weyes muy cabrones, ¿no? Creo que habría sido maravilloso leerlos a ellos mientras leía a Kerouac, hubiera sido la misma influencia, pero más mexicana. Más transformada al aquí y ahora”.

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La literatura, como todo el arte, es la huella de un proceso interno resuelto. Lo que pueden ver los lectores no es más que esa huella del proceso que tú viviste, dice Carrillo. A veces, si está bien hecha, puede conectarte con tu propio dolor y quizá de ahí se puede empezar a explorarlo, continúa. Un buen libro debe removerte las entrañas. “Tocarte tan profundo que a alguien sensible lo conecte con sus propios demonios de una manera muy cabrona”. Para Carrillo, escribir duele y leer es un acto de rebeldía.

Uno no debería leer para volverse más inteligente, más culto, más preparado, más sabio, más feliz, más analítico, más más más más como se nos endilga en pretenciosos espectaculares, campañas del gobierno y en la escuela. Ver la literatura de esa manera es de hueva y acaso un peso más de lo que ya cargamos, dice el escritor. Uno no debería leer por obligación sino para llevar la contra. La literatura está más allá de los libros: cuando un hiphopero se sube al pesero a rapear, cuando un aspirante a actor de comedia suelta un chiste en el metro o en una rebatinga tepiteña de albures.

Como cuando Dylan canta Father of night o Shelter from the storm o Simple twist of fate.

“El efecto literario real proviene de la palabra, y no de su envoltura. Un texto cantado, además de palabra tiene el plus de la entonación y la armonía vivas, y de la música, esas matemáticas sublimes para la emoción, que torna más perfectos a los textos”, explica el crítico colombiano Santiago Escobar sobre el Nobel a Dylan y la literatura que se abstrae del papel.

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Al principio Álex estaba dolido por los comentarios que algunos sesudos críticos literarios vertieron en contra de Bob Dylan y su Nobel. Quería salir a defenderlo en cada post de Facebook, aunque después disfrutó que a esas personas se les removieran las tripas con la noticia. Las mayoría de las críticas, dice Carrillo, venían de gente que no ha leído ni ha escuchado la obra de Dylan. Gente de ideas viejas y cuerpos jóvenes.

Darle el premio a Bob removió los cimientos de gente que tiene una idea muy mamona de lo que tiene que ser la literatura y de lo que es literario o no. De los que ven la tradición literaria como algo inmortal, intocable e inmutable, sentencia el autor. Julio Cortázar escribió en algún texto que se encuentra en el libro Papeles inesperados que “habrá una revolución en los Estados Unidos cuando suene la hora del hombre y acabe la del robot de carne y hueso, cuando la voz de los Estados Unidos dentro y fuera de sus fronteras sea, simbólicamente, la voz de Bob Dylan y no la de Robert MacNamara”.

Esa revolución, quizá como la encuentra Omar, “debe ser la libertad que se siente cuando todo el mundo ya te mandó a la chingada y ya no tienes el peso ni las ganas ni la obligación de buscar un papá ni una idea ni a una persona ni a nada”.



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